Medir la vida en vecinas

Se me da de pena dibujar. Pero con lo de dibujar me pasa como con esas manzanas rojas, brillantes, de pasarela, que desprenden un olor hipnotizante: las compro solo para mirarlas porque las únicas que me gustan son las amarillas arenosas. Las insulsas, las expulsadas de la sociedad, desterradas, excepto cuando yo me paso por el súper.

Sobre lo de dibujar, hace mil, compré el curso de Javi Royo en Domestika y me inspiré en sus líneas del tiempo para pintar la de la vida con las vecinas y vecinos. Mi talento con los lápices solo me daba para rayas (generalmente torcidas) salpicadas de palabras sobre mis movidas, pero me dije, qué coño, a vivir al límite, y dibujé un iceberg. Porque en realidad yo me muevo entre lo que miro y, sobre todo, rebuscando en la trastienda y las profundidades.

Llegué al iceberg pensando que solo hay tres formas de pensar en el vecindario: amor, odio e indiferencia. Yo he tenido cruzadas épicas con unos que montaban unas fiestas que ni en Coachella; pero, gracias a mi carácter xafardeig de la vida, puedo añadir una capa más en la línea vital gracias a mis vecinas y vecinos.

La existencia de escritora fracasada, con el mejor panorama posible (nadie te espera, no hay expectativas, ni salientes ni entrantes), es un plan casi perfecto, salvo por una pequeña fisura. Pones tu sinapsis al servicio de terceros y aquí está servidora, hace meses, intentando escribir un perfil de mi ex vecino Elías (que da casi para un libro). Al principio, era el enigmático vecino de la casa derecha, acento gallego, pelazo plateado, rutinas al estilo reloj suizo, hasta que llegó el gran descubrimiento. Elías resultó ser una de las voces más importantes de doblaje y publicidad de este país en las últimas décadas, aunque no fue él quien me lo contó. Mis pobres avances de escritora fracasada se ciñen a cinco titulares para elegir al final, la hipótesis de lo que te pierdes si no sabes de la vida de tus vecinos, la entradilla, y medio perfil escrito en mi cabeza exclusivamente.

Es lo que tiene la curiosidad y la suerte de coleccionar vecindario a lo largo de los años. Mi catálogo empezó con el senyor Campi, mi vecino del segundo en mi querido carrer Muntaner. Estaba en edad de mirar grúas y obras, pero el senyor Campi se perfumaba y engominaba todas las mañanas y, con su traje impecable, cogía calle abajo a su despacho de abogado. Por aquel entonces, yo era una barcelonina veinteañera estrenándome de madre y me encantaba tropezarme todos los días con mi educado vecino para intercambiar el «bon dia, senyor Campi». Con ese saludo me daba la sensación de que descorchaba la verdadera vida adulta.

Al dar el salto a Madrid, ciudad de adopción, mis vecinos del segundo, María Jesús y Ángel, fueron esa familia de acogida que te invitaba a bajar en Navidad para que eso de echar de menos a tu ciudad, que ya no era tan tuya, o a los padres y madres que ya no estaban, fuera menos amargo. Dieciséis años de subir y bajar, del segundo al tercero y al revés, traerte masa de croquetas, cuidarte un momento a la hija 1 y a la 2 cuando llegó, enseñar lo que era un piano al hijo 3. Y, durante un tiempo, abrir el buzón y encontrar la tarjeta de felicitación del senyor Campi, en respuesta a la que él había recibido también.

Y tocó cruzar el charco. A Miami, el Macondo americano. A certificar que si lo de cambiar una ciudad por otra en la península ibérica es un tema, no te quiero contar el temazo de permutar un continente. A cambio, verte durante las mañanas como en Wisteria Lane tenía premio. Y estar a siete mil kilómetros de tu ciudad adoptiva, consuelo en forma de whatsapps. Recibiendo mensajes de María Jesús y enviando las noticias chungas de la etapa oscura para ir compartiendo también las pequeñas victorias.

Mi premio se llamó Carol y era mi vecina de la izquierda, junto a su marido Jorge, la persona que me dio el mejor consejo para aprender inglés: «cada día apréndete cinco palabras y las practicas, así lo hice yo y funciona».

Carol fue una profesora de vocación y ya estaba jubilada aunque, como suele pasar en los Estates de América, aún daba charlas y le rondaba la idea de escribir un libro. Me cuesta pensar en alguien, que no sea Naty Abascal, tan elegante como era Carol. Siempre con su pelo corto y rubio como recién salido de la peluquería, con sus vestidos o trajes fluidos de colores, sus ojos azules, su risa contagiosa, y acompañada de su perrito Charlie, un personaje con pelo rizado que la hija 2 paseaba de vez en cuando.

Como en las películas, Carol se presentó con un pastel que supo a gloria entre la amargura de la adaptación. Con Carol, hablaba largos ratos mientras la vecina de Wisteria Lane fake (servidora) regaba la hierba del frontal de mi casa en Castile Avenue. Porque en Miami, ojocuidao con no tener la fachada perfecta, que te arrean una multa que te deja tiesa.

Carol y Jorge nos invitaron al club de Coral Gables donde mis ojos se salían de las órbitas mirando a la crème de la crème de la socialité americana. Otro día, Carol organizó una comida (en su preciosísima casa) con su grupo de amigas y me invitó para presentármelas. En los huracanes, Jorge nos insistía en que dejaba el basement sin llave por si «peligraba nuestra vida».

Pocos años después, volvimos a Madrid, y los whatsapps con Carol cambiaron de dirección. De, «Carol, ¿puedo pasar por tu casa que te he traído una cosa de España«, a «Carol, happy thanksgiving! Un recuerdo desde el otro lado del mundo! Os deseo un feliz día!«. Y así durante ocho años, con un pequeño paréntesis de visita sorpresa cuando volví a Miami a ver mis amigas y pasé a ver a Carol. Hasta que hace pocos días soñé con su casa y me di cuenta que hacía bastante que no le escribía.

Abrí el hilo y me topé con una duda en forma de mensaje al final de la conversación: Esta persona ya no está en WhatsApp. ¿Habrá cambiado de número? Escribí a Jorge y encontré la respuesta que me arruinaría el día a la mañana siguiente. Carol ya no está.

Tampoco está Ángel. Aunque ya había vuelto a Madrid y pude abrazar a María Jesús.

En estas semanas que tanto se habla del lugar que ocupa nuestra casa en nuestro existir, he pensado en la suerte de quienes también le damos un lugar importante a esas vecinas y vecinos que van atravesando la línea de la vida.

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